Relatos nocturnos de la frontera: Vârcolac

Relatos nocturnos de la frontera: Vârcolac
Relatos nocturnos de la frontera: VârcolacNameRelatos nocturnos de la frontera: Vârcolac
Type (Ingame)Objeto de misión
FamilyBook, loc_fam_book_family_1071
RarityRaritystrRaritystrRaritystr
DescriptionUn libro de cuentos populares de Snezhnaya que, según se dice, relata toda clase de anécdotas poco conocidas sobre las hadas. Este volumen narra la historia de un tipo de hada muy peligrosa llamada “vârcolac”.

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Czcibor había estado vigilando desde el puesto de caza durante dos días y dos noches. La nieve recién caída cubría el bosque, haciendo que esta noche fuera especialmente silenciosa. Incluso siendo un cazador experimentado, le costaba mantenerse despierto, pero cada vez que recordaba la horrible escena de aquella joven del pueblo desangrándose por el cuello destrozado...

“¡Esa bestia debe pagar por lo que hizo!”. Este pensamiento le devolvió algo de vigor a Czcibor. El denso bosque era como un telón negro tejido de pesadillas. En ese momento, escuchó un suave crujido proveniente del sureste y alcanzó a distinguir una enorme sombra negra que se acercaba rápidamente, apareciendo ante sus ojos en un instante. Czcibor agarró con fuerza su ballesta. Desde su posición, la visibilidad era mala, y un pino caído se interponía entre él y aquella sombra. A través de las rendijas entre las agujas de pino, podía ver que las garras delanteras de la bestia eran tan grandes como su propia cabeza, y su pelaje negro azabache parecían espinas que brotaban de la misma noche.

La bestia se detuvo de repente. “¿Me habrá descubierto?”, pensó Czcibor mientras tensaba los músculos, listo para la batalla, pero no esperaba que la feroz criatura se diera la vuelta. “¡Zas!”. Por instinto, disparó su ballesta, acertando en el hombro derecho de la bestia, que huyó dolorida hacia el bosque sin mirar atrás. Por supuesto, no había dado en el punto débil, pero a tan corta distancia, sin duda la herida debía ser considerable.

Czcibor siguió el rastro de sangre, el cual desaparecía al llegar a una villa espléndida en lo profundo del denso bosque. La mansión dentro de la propiedad parecía recortada de una antigua pintura al óleo e incrustada en este sombrío mar de árboles. Sus altas torres atravesaban el dosel, mientras una tenue luz blanca y fría se filtraba entre las ventanas, como ojos que observaban a los visitantes. “Qué extraño, ¿no? Que una familia así viva en un lugar tan remoto...”. Czcibor tocó la campana de la antigua mansión con recelo.

Quien atendió la puerta fue un mayordomo bien vestido que, salvo por su tez pálida, parecía ser ciertamente humano. Cuando Czcibor preguntó por la bestia herida, el anciano mayordomo negó con la cabeza, confundido, diciendo que nunca la había visto. El cazador le explicó que el rastro de sangre lo había guiado hasta allí y que la criatura podría estar escondida en la mansión, lo cual pondría a todos en peligro si no la encontraban. Tras meditar un momento, el mayordomo condujo al cazador a ver al señor de la casa, un apuesto joven que aparentaba poco más de veinte años, con un denso cabello negro que le llegaba hasta la cintura, de figura delgada y elegante. Después de escuchar atentamente el relato de ambos, asintió y dijo:

“Atravesar una tormenta de nieve siguiendo a una presa herida... Sin duda, alguien así no abandona su cacería a mitad de camino”. Como muestra de gratitud, el joven lo invitó a quedarse en la mansión y cenar juntos. Afuera, la ventisca había empeorado, y tanto por seguridad como para investigar el asunto al amanecer, quedarse parecía la decisión más sensata.

“Pelo negro...”, Czcibor tenía sus sospechas. Criado desde pequeño en el campamento de los Descendientes Lunaescarcha, había escuchado a la anciana sacerdotisa decir que, de entre todas las hadas, las más difíciles de tratar eran los “vârcolac”. Estas criaturas poseían dos corazones y podían transformarse tanto en humanos como en hadas, dos formas completamente distintas. Pero, independientemente de en qué se transformaran, su pelaje siempre conservaba el mismo color... y el pelo de aquel lobo monstruoso era idéntico al del joven noble que tenía frente a él.

Después de reflexionar brevemente, Czcibor aceptó la invitación del anfitrión. Durante la cena, puso a prueba a su acompañante de diversas maneras: añadió a la comida pimienta y ajo (sabores que los lobos detestan), e incluso llevaba consigo un amuleto protector que brillaba con el resplandor de la luna, pero nada de esto pareció molestar al anfitrión. El joven comió con elegancia, e incluso mostró interés en examinar detenidamente el amuleto de Czcibor. Tras la exquisita cena, incluso tocó una melodiosa pieza en el órgano para entretener a Czcibor, aunque el cazador, sin bajar la guardia ni por un momento, naturalmente no estaba de humor para apreciar la música.

Cuando finalmente llegó la hora de dormir, el joven anfitrión se levantó para despedirse, pero, de repente, se volvió hacia el cazador y le dijo con aire misterioso: “Esta noche no hay luna y afuera hay una fuerte ventisca. Por favor, no salga de su habitación bajo ninguna circunstancia. Mañana temprano investigaremos juntos el asunto de la criatura”. “Sabía que dirías eso”, pensó Czcibor para sus adentros. Esperó en su habitación hasta que todo quedó en silencio y luego salió sigilosamente en la oscuridad; después de todo, moverse furtivamente en la noche era una de las mejores habilidades de un cazador.

Esta mansión no es normal.

Examinó a varios sirvientes dormidos. Sus extremidades tenían extrañas marcas, ni profundas ni superficiales; no eran letales, pero tampoco parecían heridas causadas por el trabajo. Al recordar el rostro pálido del mayordomo, Czcibor se inquietó aún más. Había oído que algunos vârcolac disfrutaban especialmente saboreando la sangre humana... Pero lo que le heló la sangre fue el órgano: ¡los tubos estaban hechos de huesos! Y además, según su experiencia como cazador, no parecían ser huesos de bestias salvajes ni de ganado común... Justo cuando iba a examinarlos más de cerca, escuchó unos pasos casi imperceptibles que venían desde la habitación al final del pasillo, dirigiéndose hacia la puerta principal. Czcibor se ocultó entre las sombras y los siguió. En medio de la ventisca que azotaba el exterior, apenas pudo distinguir una silueta: era el joven señor de la mansión.

El cazador avanzó contra el viento y la nieve. Los dos llegaron uno tras otro a un claro en el denso bosque, donde el joven se detuvo de repente. Czcibor, escondido detrás de un árbol, asomó la cabeza y vio como, en medio de la ventisca, el joven de cabello negro comenzó a quitarse lentamente toda la ropa... ¡Y en su hombro derecho tenía una herida de flecha que aún no había sanado!

De repente, toda la nieve alrededor del joven, tanto la del cielo como la del suelo, quedó suspendida en el aire, revelando las flores velaescarcha que yacían ocultas en el suelo del bosque. El resplandor de las flores, como si fuera sangre, fluía incesantemente hacia el joven. Y quizás no fuera una ilusión, pero la herida en su hombro parecía comenzar a sanar gradualmente.

¡Era ese vârcolac sediento de sangre! Czcibor no dudó más. Aunque atacar por la espalda no era algo honorable, era un medio necesario para que un humano pudiera matar a un hada. Desenvainó su daga y saltó desde su escondite para apuñalar al joven. Sin embargo, este se dio la vuelta repentinamente y le agarró la muñeca, evitando por poco que la daga se le clavara en el pecho. Ambos rodaron por el suelo, con el filo de la hoja brillando entre sus dedos. Sus respiraciones y rugidos se entremezclaban, pero ninguno cedía. Durante el forcejeo, Czcibor empezó a perder fuerzas. ¡Era imposible! Ese joven de aspecto delicado no podía estar superándolo solo con fuerza bruta... “¡Monstruo! ¡Eres un monstruo!”, gritó desesperado el cazador al ver que todo estaba perdido.

“No... No soy... No soy un monstruo...”.

Un destello de duda cruzó los ojos del joven. ¡Era el momento! Czcibor recuperó la daga de golpe y la hundió en el pecho de su oponente. La sangre salpicó sobre la nieve que caía, mientras la mirada del joven se iba apagando poco a poco. Pero antes de que el cazador pudiera tomar aliento, un denso pelaje negro brotó de forma siniestra del cuerpo que debería estar sin vida. El joven se estaba transformando rápidamente en una enorme bestia lupina. Czcibor, sobresaltado, intentó sacar la daga para asestar más puñaladas, pero una garra gigantesca se aferró con fuerza al mango, manteniendo el arma clavada en su propio pecho. La bestia estalló en carcajadas. Su risa siniestra resonaba en medio de la ventisca y, mientras miraba fijamente al cazador, gruñó con voz ronca pero exaltada:

“Los vârcolac nacemos con dos corazones”. La sangre brotaba de la herida, pero los ojos de la bestia brillaban cada vez más intensamente. “Gracias por apuñalar ese corazón sobrante. ¡Por fin estoy completo!”.

Antes de que pudiera terminar de hablar, la bestia abrió sus fauces de golpe y, con sus colmillos brillando siniestramente, se lanzó directo al cuello del cazador.

La historia termina abruptamente aquí. Quién sabe si esto es una leyenda o una verdad aún no revelada. ¿Será posible que las hadas conocidas como “vârcolac” tengan dos corazones? Esta especie de hadas está casi extinta hoy en día, y muchos la consideran simplemente una leyenda absurda. Sin embargo, se dice que la duquesa Eulampia Orlova de Snezhnaya es, de hecho, un vârcolac, aunque no esté cubierta de pelaje de lobo. Sería fácil comprobar esta leyenda, pero, queridos lectores, ¡me temo que no tendrán el valor de preguntárselo a tan distinguida dama!

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