Manuscrito de la diosa (III)

Manuscrito de la diosa (III)
Manuscrito de la diosa (III)NameManuscrito de la diosa (III)
Type (Ingame)Objeto de misión
Familyloc_fam_book_family_6969393, Non-Codex Series
RarityRaritystr
DescriptionUn mero cuento de hadas escrito por una persona común y corriente. Si prestas atención, hay marcas en el papel hechas por un gato…

Item Story


Galileo y Alberto lograron de nuevo\nuna infinidad de hazañas hoy.
A pesar de que fue agotador tener que\nayudar a la anciana del puente a
trasladar los barriles de sidra\nde manzana, cada uno consiguió un barril
como recompensa.
La luz de luna brillaba en mitad\nde un hermoso cielo despejado, y los dos
amigos escalaron el alto muro que se \nhabía construido para repeler al dragón.
Alberto perdió la partida del juego de\npiedra, papel o tijera, así que fue él\nquien tuvo que sostener el barril
de sidra bajo el brazo para poder cruzar\nal otro lado del muro.
“Mira, ¡esta es la mansión de la que\ntan orgulloso se siente nuestro jefe!
¿Verdad que no parece tan grande\nal verla desde aquí?”, comentó Alberto
mientras observaba la casa.
“Te equivocas, esa es mi casa”,\ndijo Galileo.
“La casa del jefe es aquella de allí”.
Alberto no veía muy bien de noche,\ny aunque la luna iluminaba el paisaje
no era comparable a la luz del sol.\nDe hecho, si uno cerraba los ojos,\napenas podía apreciarse.
Se esforzó un poco más en intentarlo,\npero apenas podía distinguir nada.
“Pero es cierto que es muy pequeña”,\nprosiguió Galileo, “Así que tampoco
has dicho nada que no sea cierto”.
Galileo y Alberto eran personas\nmuy observadoras.
La respuesta de Galileo sirvió para\napaciguar el momento incómodo que
Alberto había vivido a causa de\nsu mala visión. Por otro lado, Alberto
había perdido a propósito el juego\nde piedra, papel o tijera, pues
los engranajes que Galileo incorporaba\nen las costillas estaban dañados.
“Por nosotros”, pronunciaron los buenos\namigos antes de que Alberto volviera a
colocar la tapadera del barril.

Al día siguiente, los dos amigos\nreunieron a todo el mundo en la plaza
de la aldea.
En primer lugar, se disculparon por\nhaber derrumbado el muro que los\nprotegía del dragón, y les dijeron
a todos que tendrían una seria\nconversación con el dragón malvado.
“Sé que ha supuesto un gran esfuerzo\npara todos reparar ese muro, pero
la realidad es que tampoco nos importaba\ntanto”, contestó el rechoncho jefe de\nla aldea. “Sin embargo…
¿no creen que se están pavoneando\ndemasiado al afirmar que lo derribaron\nustedes?”.
Naturalmente, eso no era lo que más le\nimportaba al jefe. Él era una persona\nformidable.
“Además”, continuó, “es demasiado\npeligroso que vayan en busca
del dragón malvado”.
“No se preocupen por nosotros”.
Y así, los mejores amigos que podría\nhaber conocido este mundo se marcharon.

El dragón malvado tembló al advertir la\npresencia de Alberto y Galileo.
No se sabe por qué, pero la sidra que\npreparó aquella anciana podía hacer que
la gente creciera hasta cobrar un tamaño\ngigantesco. La noche anterior, después\nde haber tomado la sidra
se hicieron tan grandes que acabaron\nderrumbando el muro.
No fue hasta que dirigieron su mirada\nhacia abajo que comprendieron por fin
cómo se sentía el dragón. Ahora, eran\ntan gigantescos que habían destruido sin\nquerer el pequeño muro de la aldea por
accidente. Si conseguimos que el dragón\ndetecte a las personas, seguro que
podremos comprendernos mutuamente.
Los dos amigos se bebieron toda la sidra\nque quedaba, creciendo hasta adoptar
un tamaño todavía más gigantesco.
Apestando a sidra, agarraron al dragón\nmalvado con sus dedos y lo sentaron\nentre ellos dos, con la intención de\nhacerle entrar en razón.
El dragón se asustó tanto que se hizo un\novillo. Su impone█c█a y maldad
desapareciero█ de██olpe, de manera que\nincluso daba lámp███ Alberto quiso
limpiarle la suciedad de las escamas.
Sin embargo, acabó quitándole una escama\nentera, por lo que el dragón quiso\nescapar. Pero Galileo, quien temía que
la crisis no se resolviera\ninmediatamente y que persistiera durante\nmiles de años más, atrapó la cola del
dragón y lo arrastró de vuelta.
“La verdad es que siempre hemos vivido\na tus patas, pero como somos mucho más
pequeños que tú, nunca habías podido\nvernos. Ahora que nos hemos convertido
en *Hip*… gigantes. Galileo eructó\ny dijo: “Entonces, ahora, ya eres
consciente de que vivimos a la altura de\ntus patas, ¿no?”
El dragón asintió con la cabeza.
Los dos amigos y el dragón continuaron\nconversando hasta que salió el sol, y\nal final alcanzaron un entendimiento
mutuo. Entonces, los dos amigos se\nmarcharon rumbo de vuelta a casa.

A. A.

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